America Latina

August 13, 2012

El Bolívar de Madame Tussauds (Texto completo)

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Written by: analisislibre

Roldán Esteva-Grillet

Si algunas personas interpretan mi modo de pensar y en él apoyan sus errores, me es bien sensible, pero inevitable; con mi nombre se quiere hacer en Colombia el bien y el mal, y muchos lo invocan como el pretexto de sus disparates.

Simón Bolívar

(Carta a Antonio Leocadio Guzmán, Popayán, 6 de diciembre de 1829)

Necroscopia inconcluyente

Al cabo de dos años, con la venia del caporal, los científicos y técnicos jurunga-muertos del chavismo han hecho público el resultado de sus esfuerzos a propósito de las graves conjeturas que punzaban el cerebro del devoto más enfermizo que haya engendrado el culto a Bolívar. La duda sobre si eran o no los restos del Libertador los repatriados desde Santa Marta en 1842 y conservados desde 1876 en el Panteón Nacional de Caracas, fue resuelta ipso facto, pues el Presidente “sintió la llamarada” apenas abierta la urna de plomo y sin necesidad de alguna otra prueba. Quedaba por confirmar si el héroe de sus tormentos había sido o no asesinado por cuanto eso de la tuberculosis era seguramente un invento de los historiadores de la burguesía. Por último, habría que dilucidar lo más intrigante: cuál sería el verdadero rostro del Libertador, dado que en esto también el atolondrado admirador tenía sus razonables reservas ante la iconografía burguesa conocida. No podía haber escogido mejor día para la develación de la vera imago: el día del natalicio y en año electoral, con un descendiente de Bolívar que lo tiene nerviosillo pues viene pisándole los talones.

¿Cuánto habrá costado complacer esta morbosidad presidencial, se diría que necrofílica, tan fuera de lugar ante las urgencias de un país donde sus hospitales están en la carraplana, mal equipados, escasos de especialistas o de insumos, y las cárceles son antros de muerte y perdición, desde donde se planifican sicariatos? Por lo menos sabemos el costo final que tendrá el nuevo Mausoleo destinado al “hombre de las dificultades”: medio millardo de bolívares. El consuelo es pensar que, mientras Caracas duerme, los espectros de los residentes del antiguo Panteón Nacional ocuparán sus muchas horas de ocio en la gigantesca rampa para x-games que algún vivo ha levantado a golpe de furruco y tambora, más allacito del presbiterio.

Los forenses hablan de rastros de cantárida que, para los entendidos en sexología, se usaba de antiguo como afrodisíaco con riesgo de muerte si era administrado en exceso; también se encontró restos de arsénico. Tanto la cantárida como el arsénico tenían uso medicinal, pues en mínimas cantidades aparecían en ciertos remedios de la época. Para decepción de Chávez, Bolívar no murió asesinado, por decir, envenenado. Murió muy posiblemente por histoplasmosis pulmonar crónica producida por un hongo instalado en sus pulmones, con síntomas parecidos a la tuberculosis. Algo es algo, si bien lo de la cantárida ya podía inferirse con la simple lectura del diario del médico francés Alejandro Próspero Reverend (1796-1881), donde deja constancia de la aplicación de un “vejigatorio” a base de polvo de cantárida, que descompuso al enfermo más de lo que estaba.

Al parecer, los forenses no se tomaron la molestia de examinar la formación calcárea que Reverend extrajo de uno de los pulmones del Libertador al hacerle la autopsia. El médico francés alcanzó larga vida y pudo obsequiársela a Guzmán Blanco quien la destinó al entonces Museo Bolivariano.

Como quiera que el presidente está convencido del asesinato del Libertador, habrá que esperar el descubrimiento –o forjamiento, también vale- de la carta de Santander, enviada desde su destierro, con instrucciones expresas para inocular el hongo Histoplasma capsulatum en los pulmones de su enemigo, a través de algún fino pañuelo. Sólo entonces, Chávez bajará tranquilo al sepulcro.

La vera imago

El show electorero del natalicio no podía cerrar sin la gran revelación, la referida al “verdadero” rostro de Bolívar, sacado directamente de su calavera mediante programas

informáticos muy sofisticados, inventados por el Imperio para usos forenses (Véase cualquier capítulo de CSI por AXN). El trabajo fue encomendado al francés Philippe Froesch, dueño del laboratorio Visualforensic de Barcelona, España. La caída del velo que cubría la gigantografía dejó a todos estupefactos. El nuevo rostro resultó ligeramente parecido al ya divulgado en múltiples retratos históricos (Ilustr. 1). La novedad estaría en la calidad de la imagen tridimensional y el hiperrealismo de la piel que recuerda el efecto logrado por el escultor inglés Ron Mueck (1958) en sus monumentales figuras humanas desnudas.

Mi impresión inmediata fue la de encontrarme ante la cabeza de una estatua de cera de las preparadas en el famoso Museo Madame Tussauds, de Londres, y la daría por buena de no conocer la iconografía del Libertador. De prosperar la versión completa del personaje, modelado en cera y vestido apropiadamente, podría convertirse en la primera atracción del futuro Museo de Cera de la Independencia Venezolana. La puesta en marcha de la didáctica y revolucionaria institución implicaría concertar un cursillo intensivo con técnicos del prestigioso museo londinense para algún reconocido estatuario al servicio del régimen (y los que se quieran sumar pues habrá refrigerio y franelas para todos). No habría que descartar la contratación del Dr. Emilio Lovera, eminente foniatra, en el caso de poner a los héroes a contar la verdadera historia de nuestra Independencia; su último trabajo para La isla Presidencial lo recomienda por entero..

Volviendo al rostro, lo extraño de ese programa informático aplicado a la calavera de Bolívar, es que permite ser manipulado para introducir elementos no previstos, tomados a su vez de los “insumos”: fotografías de hombres venezolanos con tuberculosis, entre cuarenta y cuarenta y cinco años de edad; de uniformes militares; y, no faltaba más, de la despreciada iconografía burguesa.

Está bien que se añadan las “partes blandas” (músculos faciales, piel, ojos) y, luego, se vayan modelando sobre el relieve del hueso, según indique la tomografía; añadir los tonos con sus luces y sombras; acomodar los cabellos que, sinceramente, no me explico cómo el cráneo puede guardar huella de la pigmentación, pero no soy científico. Sólo supongo que si es a Bolívar a quien vamos a reconstruir, bien sabemos -gracias a la iconografía y a los testimonios- que los tenía negros, igual valdría para los ojos, los labios, la nariz, las cejas, si llevaba o no bigotes o patillas a cierta edad, etc. Es decir, que estos detalles se conocen de antemano y no provienen de ningún estudio directo sobre la calavera.

Photoshop avant la lettre

Teniendo concluido al personaje, hay que vestirlo, y para eso han provisto de fotos de algunos uniformes, como quedó dicho. Pero ¡qué casualidad!, la elección ha recaído sobre el que llevaba puesto en 1825, para el retrato hecho en Lima y diseñado por el mismo retratista, el mulato José Gil de Castro (1785-1841, Ilustr. 2). ¿Y el peinado? ¡Vaya, pero qué inteligente es la computadora! Le puso el mismo de Gil de Castro, muy a la moda en la época, pues desde el neoclásico europeo se estilaba el coup de vent a la romana, exacerbado en el romanticismo y usado por Bolívar para cubrir las anchas entradas de su calvicie. Sólo que el remedo fue tan literal, que copiaron hasta el photoshop de los pintores de entonces que “pintaban” las canas para rejuvenecer a sus efigiados, según las exigencias de la imagen áulica. Los labios aparecen algo fruncidos y la nariz, recortada en su largueza original y menos perfilada, que no se corresponde con la de Bolívar, pues no sólo era larga sino aguileña según varios testimonios escritos y pictóricos. Incluso, en la reconstrucción facial 3D la ternilla nasal izquierda está levemente asimétrica. En cuanto al tono de la piel, no difiere mayormente de los retratos conocidos, salvo por haberse subido el bronceado quizá.

Otro detalle, propio del retrato áulico o de ostentación realizado por el mulato Gil, es el alisamiento de las arrugas. En el caso de Bolívar, su rostro aparece como recién salido de un tratamiento cosmético tipo peeling, salvo por las profundas “líneas de expresión” frontales documentadas en varias descripciones físicas del personaje y respetada también por la iconografía como seña de identidad. En cambio, en la versión de 3D hay que reconocer que en la imagen tridimensional, se han cuidado de añadirle las correspondientes “patas de gallo”.

Una visión racista

El tostado de la piel ha querido ser visto como evidencia de mestizaje, cuando se sabe que todos los blancos criollos de entonces, precisamente por no protegerse de los rayos solares del trópico –como sí debían hacerlo las damitas de la sociedad, con sus imprescindibles sombrillas-, mal podían conservar el mismo tono de los recién llegados españoles. Pensemos en el caso de Bolívar, con esas prolongadas cabalgatas a lo largo de Sur América que hasta le produjeron callosidades en las nalgas. ¿No iba a estar tostado por el sol? Querer ver en esto una supuesta ascendencia africana es revivir las calumnias del español Salvador de Madariaga (1886-1978), con la excusa del “intríngulis de la Marín”. Los genealogistas saben que el Libertador bien podría soportar los “tres golpes” (¿Blanco, blanco, blanco?) a los que se refería uno de los personajes de Teresa de la Parra (1889-1936), pues según la sirvienta ningún venezolano los aguantaría, al estar todos mezclados.

Alguien se hizo eco de esa suposición –deshonrosa para los tiempos coloniales y durante el siglo XIX y todavía para algunas personas de alta clase social-, y procedió a tomar muy a pie juntillas la descripción que el general José Antonio Páez (1790-1873) hiciera de Bolívar:

Bajo de cuerpo: un metro con sesenta y siete centímetros. Hombros angostos, pies y brazos delgados. Rostro feo, largo y moreno. Cejas espesas y ojos negros románticos en la meditación y vivaces en la acción. Pelo negro también, cortado casi al rape, con crespos menudos. Las patillas y los bigotes se los cortó en 1825. El labio superior protuberante y desdeñoso. Larga la nariz que cuelga de una frente alta y angosta, casi sin tomar ángulo. El general es todo menudo y nervioso. Tiene la voz delgada pero vibrante, y se mueve de un lado a otro, con la cabeza siempre alzada y alerta las grandes orejas. El general es decididamente feo y detesta a los españoles.

Feo y todo, ¡cómo enamoraba! Y es que el punto débil de algunas mujeres es el oído…Si hasta Santander confiesa que al ir una vez a hacerle un reclamo, apenas Bolívar empezó a hablar, quedó subyugado por su palabra.

Pues bien, quien se hiciera eco de ese general “moreno y feo” descrito por el “catire” Páez, fue un dibujante y muralista bogotano, Santiago Martínez Delgado (1904-1954),

 autor del mural del Salón Elíptico del Capitolio Nacional en Bogotá. En la revista Vida (No. 19) que dirigía, publicó su retrato al grafito de El General en 1829 como interpretación negroide de Bolívar; así lo reseña y reproduce Enrique Uribe White en la Iconografía del Libertador (1967: 18). (Ilustr. 3)

El artista colombiano se anticipó a Chávez que ansía acercar la imagen de su héroe a un constructo ideológico, de claro sesgo racista y político. ¿Esa búsqueda agónica de un Padre de la Patria: mulato como el curazoleño Manuel Piar (1774-1817) o zambo como el guajiro José Prudencio Padilla (1784-1828) –para colmo, ambos fusilados por Bolívar-, obedecerá acaso a una carencia afectiva infantil (ausencia de la figura paterna) de parte del sabanetero? Ese padre simbólico no podría ser un mantuano –vale decir, un despreciable oligarca, un “escuálido”- y, por lo tanto, un rico –que ser rico es malo-, de manera que hay que rebajar a Bolívar a un Albertico Limonta cualquiera, nacido entre sus negros de Capaya.

Dentro de las tendencias latinoamericanistas, esta sobrevaloración de las “castas” o mezclas raciales, expresada ya desde fines del siglo XIX como indianismo y entre los veinte y los cuarenta del siglo XX, como indigenismo o negritud, superó la representación colonial meramente exotista para verterse en fórmulas artísticas y políticas reivindicativas de valores preteridos por el positivismo. Ya nadie sostiene la conveniencia de incrementar la inmigración de origen caucásico para salir del subdesarrollo. Sin embargo, es común en las posturas de extrema izquierda, manejarse con un “discurso salvaje”, al punto de promover un racismo al revés del positivista, tan errado como éste y tan dañino como cualquier negación del otro por distinto, sea santero o transexual.

Que quede bien claro: El único “Bolívar negro” que ha habido en Venezuela es el buscado por los filatelistas: una estampilla impresa en 1900 y recogida casi de inmediato por cuanto la faz del Libertador salió, por error, oscura (Ilustr. 4). Sí hubo entre sus esclavos domésticos, muchos con su apellido, pues éstos eran casi siempre bautizados o apadrinados por sus amos, o simplemente ellos lo asumían por cariño o prestigio; así Hipólita (1763-1835), la nodriza aragueña, se apellidaba Bolívar, sin ser pariente; o el liberto barloventeño José Palacios (1777-1842), llevaba el apellido de la madre de Bolívar, y –según la tradición- en el lecho de muerte de ésta le prometió velar por Simoncito de apenas nueve años, compromiso que cumplió siendo el único negro presente entre los allegados de Bolívar en San Pedro Alejandrino.

No se ha podido probar que Simón Bolívar tuviera antecedentes indígenas o africanos. Pero su padre Juan Vicente Bolívar y Ponte (rubio y de ojos azules) correteaba cuanta hembra se le pusiera en la mira dentro de sus propiedades de Aragua y reconoció un hijo natural descubierto apenas en 1967. Sus dos hermanas, María Antonia y Juana, se casaron a temprana edad con parientes cercanos, ambos Palacios, y su hermano mayor, Juan Vicente, fallecido en un naufragio en 1811, engendró tres hijos bastardos en María Tinoco del Castillo. Tanto María Antonia, recalcitrante monarquista, como el Libertador, temieron siempre a la pardocracia. Sin embargo, en 1827, Bolívar, junto con atender por fin las finanzas de su familia, le escogió el futuro marido a su sobrina Felicia Bolívar Tinoco (1810-1868), entonces de 16 años. Para sorpresa de todos, Bolívar  la enrazó con un mulato, General de Brigada de su entero aprecio: José Laurencio Silva (1791-1873) nacido de un pescador y una comadrona de Tinaco (Edo. Cojedes), Se casaron en 1831 y el resentimiento contra su tío Simón no pudo impedir la procreación de siete hijos, de “color quebrado” seguramente…

Reacciones paródicas

Apenas se develó el “nuevo rostro” del Libertador, las redes sociales del país se dispararon en un plan de desacralización de la novedad, inventando otros rostros más o menos creíbles, por supuesto, de personajes sacados del mundo de la política o de la farándula. Desde “er Conde del Guácharo”, Michael Jackson y Larry Kramer (de la serie Seinfeld), pasando por el mismo Chávez hasta Capriles Radonsky, su principal retador en las elecciones presidenciales. Alguien mal intencionado acusó al gobierno de haberse plagiado el Bolívar de la Revista Forense de Mérida, año 1986, pero otro internauta consultó la versión on line de la misma para constatar que no había nada referido al tema. O mejor, la iniciativa de quien manipuló la imagen dada a conocer hasta transformarla en un Bolívar verosímil. Junto a los juegos paródicos con la imagen, habría que tener presente los innumerables comentarios burlones o jocosos, pero también de indignación por el irrespeto hacia la memoria del héroe.

No podía esperarse otra cosa entre venezolanos acostumbrados a desdramatizar todo mediante la” mamadera de gallo”, más cuando tanta gente se siente hastiada de tanto bolivarianismo de pacotilla, dentro de un discurso degradado de nacionalismo revolucionario. Pareciera haberse llegado al momento de saturación, ante la pretensión oficial de adueñarse de un personaje histórico, sin duda de importancia en el imaginario venezolano, y convertirlo en expresión de su propia ideología. No sólo es un reduccionismo demodé, ya ensayado por otros gobiernos autocráticos de infeliz memoria (Antonio Guzmán Blanco, Juan Vicente Gómez, Eleazar López Contreras, Marcos Pérez Jiménez), sino que raya en lo ridículo y lo cursi, pura pompa y circunstancia.

Para un espectador suspicaz, el “verdadero rostro” es un divertimento chavista para embobar a los venezolanos, atenazados como están entre la inflación y la inseguridad.

Nadie es perfecto

Aceptemos que este Bolívar es la versión de 2012 y que si llega a inaugurarse el Museo de Cera de la Independencia Venezolana en 2030, se exhiba una versión mejorada, más convincente y menos truculenta. Recomendaría que, para ahorrarse quebraderos de cabeza, si les da asco la iconografía conocida,  acudan a alguna de las descripciones verbales de quienes lo trataron, como la famosa del irlandés Daniel O’Leary (1801-1854), o la del francés Luis Perú de Lacroix (1780-1837), que reza así:

El General en Jefe Simón José Antonio  Bolívar cumplirá 45 años el 24 de julio de este año [1828]: manifiesta más edad y parece tener 50 años. Su estatura es mediana; el cuerpo delgado y flaco; los brazos, los muslos y las piernas son descarnados.  La cabeza es larga;  ancha en la parte superior de una sien a otra, y muy afilada en la parte inferior: la frente es grande, descubierta, cilíndrica y surcada de arrugas muy aparentes cuando la cara no está animada e igualmente en momentos de mal humor y cólera.  El pelo es crespo, erizado, bastante abundante y mezclado con canas.  Sus ojos que han perdido el brillo de la juventud, han conservado la viveza de su genio: son hondos, ni chicos ni grandes; las cejas son espesas, separadas, poco arqueadas y están más canosas que el pelo de la cabeza.  La nariz es proporcionada, aguileña y regularmente plantada.  Los huesos de los carrillos son agudos y las mejillas chupadas en la parte inferior. La boca es algo grande, y saliente el labio inferior: los dientes son blancos y la risa agradable.  La barba es algo larga y afilada.  El color de la cara es tostado y se obscurece más con el mal humor… Su cabeza y su fisonomía son las de un hombre extraordinario, de un genio grande, de una inmensa inteligencia, de un observador y profundo pensador.  Su retrato moral hará ver que no son falsas tales señas físicas y exteriores.

Si se pretendía dar con el rostro verídico de Bolívar en sus años terminales, ya enfermo y cansado de gobernar, con las carnes flácidas y el ánimo por el suelo, convencido de que había arado en el mar y que la única cosa que se puede hacer en América es emigrar (Carta al general Juan José Flores, 9 de noviembre de 1830), ninguna imagen lo ha expresado mejor que la serie de carboncillos ejecutados por el artista colombiano José María Espinosa (1797-1883), a escondidas de Bolívar. Es un rostro decrépito, envejecido, con bolsones debajo de los ojos y carnes colgantes en las mejillas, mucho más cercano al Bolívar apesadumbrado y falto de fuerza de sus dos últimos años de vida. (Ilustr. 5)

Faltó alguien enterado que le hubiese sugerido al Presidente darse una vueltecita por la Fundación Boulton, en las inmediaciones del Panteón Nacional. Quizá nos habríamos

 ahorrado unos cuantos milloncejos. Si se quería saber si Bolívar quedó igualito al morir, ya sin la intervención del embelleciendo pictórico, se debía contar con una mascarilla mortuoria y, lamentablemente, en el séquito que lo acompañó a la Quinta de San Pedro Alejandrino no iba ningún artista para asumir la tarea. Un privilegio que sí tuvo Juan Vicente Gómez, muerto también un 17 de diciembre, pero de 1935: con urgencia se llamó al escultor italiano Pietro Ceccarelli (act. 1920-1940) quien cumplió el cometido. La versión al bronce se conserva en la misma Fundación Boulton.

Este primer ensayo digital de un Bolívar tridimensional y policromado, ha resultado penosamente fallido, pero no hay por que desanimarse. Total, la mano y el cerebro del hombre son los creadores del software; la informática sólo supera la capacidad humana en rapidez de ejecución y en resistencia, no en creatividad. No ha sido ni será el único Bolívar tridimensional policromado que se haya producido en Venezuela. Apartando la serie casi infinita de tallas populares, sí hay un único antecedente: el busto de Bolívar en terracota, modelado y pintado en 1856 por el coronel Pedro Celestino Guerra (1798-1860), aficionado al arte y yerno del patriota español Vicente Campo Elías (1759-1814). Iba a ser ubicado en el tope de la columna erigida en 1842 en Milla, Mérida, con motivo de la traída de los restos del Libertador desde Santa Marta; pero al momento de ser colocado, el torso se hizo trizas al caerse del andamio. En la Biblioteca Bolivariana se conserva sólo la cabeza, desorejada.

Resulta obligante reconocer al menos algo al “nuevo rostro” develado por el presidente Chávez. Esa mirada, con ese ojito izquierdo ligeramente bizco, plantea todo un acertijo. ¿Expresa congoja, temor, resignación, impotencia, dolor? La mirada resulta extraña, como de alguien que es sacado de su ambiente sin su permiso y puesto a juzgar un país al que no reconoce como suyo, a pesar de tantos desafueros y estropicios perpetrados en su nombre. De adivinar su pensamiento, sólo traduciría el tremendo fastidio de oír tanta charlatanería, mientras el país se hunde por la incompetencia, la desunión y el despilfarro.






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