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enero 12, 2013

Gobernar en efigie un país a la deriva

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Written by: analisislibre
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Roldán Esteva-Grillet *

Llegaba la medianoche y muchos deudos y amigos se habían retirado. Aparecieron unos brujos y realizaron un rito extraño rito que culminó colocando en la boca del difunto una estampa con el retrato de otro, quien fuera su principal rival y en vísperas, a su vez, de encontrarse éste en situación semejante. El cadáver era el del ex presidente Carlos Andrés Pérez; la estampita correspondía a uno de las tantas imágenes del actual presidente moribundo Hugo Rafael Frías.

Dicen que la lengua es castigo del cuerpo: nadie hubiera podido prever que quien jurara por primera vez su cargo de Presidente en 1999, y tildara de moribunda a la constitución más duradera del país, al cabo de tres lustros, para su cuarta juramentación ante la nueva carta magna que promovió y pisoteó, se encontrara inconsciente y entubado, y sólo lo hicieran presente en efigie.

En tiempos virreinales, cuando un condenado por el Santo Oficio o Tribunal de la Inquisición lograba fugarse de la cárcel antes de su ejecución, le proceso continuaba hasta cumplirse la pena final. No existiendo el cuerpo del penado se procedía a la confección de una efigie del mismo a la que se le aplicaba la pena máxima: sentada en un banquillo, era estrangulada a punta de garrote y luego quemada sobre una tarima al aire libre para escarmiento público, junto al resto de los reos.

El primer golpe de Estado en Venezuela fue promovido por un sector de la clase dirigente -identificada con el mantuanaje y los beneficios derivados de la dependencia monárquica con España- como rechazo a la usurpación del poder real por parte de Napoleón Bonaparte a través de su hermano José como sustituto de Fernando VII. La Junta se alzó como representante y defensora de los derechos del tal Fernando, pero pronto se reveló que no era sino un subterfugio para gobernar ellos para sí mismos.

Cada vez que se conmemoraba algún acontecimiento real, incluso el día de la fundación de la ciudad de Caracas, se sacaba en procesión la efigie del Rey. En su ausencia, bastaba mostrar su retrato para que todos sintieran que estaba entre ellos. Bolívar también recibió idéntico trato: desde 1819 ordenó que su efigie estuviera en todas las oficinas públicas, sustituyendo la del Rey. Y cuando se le hacía un homenaje en algún sitio lejano al que no podía acudir en persona, los promotores del banquete reservaban una silla en la cabecera, para situar allí el retrato de Bolívar, y dirigir hacia su efigie los consabidos discursos y brindis. Cuando el atentado del 25 de septiembre de 1828 en Bogotá, su hermana María Antonia –antes fidelísima monárquica- hizo desfilar el famoso retrato de Bolívar hecho en Lima por Gil de Castro. Todavía en nuestros días, un recién designado presidente de la Asamblea Nacional, Fernando Soto Rojas, colocó la efigie del Libertador en una silla y a ella dirigió su primer discurso. La política también tiene derecho a la cursilería

A lo largo de nuestra vida republicana, los poderes tuvieron su asiento en Caracas como capital, y por ello cada vez que el Presidente en ejercicio se ausentaba de la ciudad, aunque fuese para ir a Valencia o salir en campaña a someter algún contingente alzado, debía nombrar un encargado. Juan Vicente Gómez abusó de esta facultad y gobernó más de una década por interpuesta figura que ostentaba el cargo de Presidente Provisional, mientras él vivía en Maracay cuidando sus vacas y sus tierras, y dirigiendo el Ejército Nacional, el verdadero poder. Durante nuestra larga democracia de cuatro décadas, la ausencia del Presidente la suplía siempre el Ministro de Relaciones Exteriores. Con la vigente constitución, nunca la ausencia del presidente Chávez ha sido suplida, legalmente, por el Vicepresidente, a pesar de haber sido el dignatario con mayor cantidad de viajes en el exterior y mayor número de días trascurridos fuera del país. Ninguno de sus adláteres podía sentirse a su misma altura como para sustituirlo, sin hacer el ridículo.

Ni siquiera en estos dos últimos años cuando sus precarias condiciones de salud lo han obligado a repetidas y largas estancias en La Habana, ya no para seguir los consejos de su mentor Fidel Castro, sino para tratarse del misterioso cáncer que lo aqueja. Por cierto, ante tal secretismo, han cundido las filtraciones inevitables que han puesto en evidencia la gravedad del caso y lo irreversible de la enfermedad, pero cuando los detalles chocan con cierta pudibundez, se pretende hacer creer que ese tipo de información lesiona la privacidad del presidente. Como para recordar que la primera noticia de la muerte de Bolívar que se publicara en un diario venezolano, en Maracaibo, mencionara maliciosamente que había fallecido de un cáncer en el ano.

Habiendo sido reelecto Hugo Chávez Frías por tercera vez, con unas elecciones adelantadas en previsión que lo que estamos viviendo desde el 8 de diciembre de 2012, con una cuarta intervención quirúrgica, más bien paliativa, y la designación previa de su sucesor –según la tradición priista del “tapado”; y ante el aval dado, inconstitucionalmente, por el tribunal Superior de Justicia para que “otros” lo representen, no habiendo sido elegidos para tal fin, no cabe sino que calificar el nuevo gobierno bicéfalo – Mieres dixit- como una especie de Junta Defensora de los Derechos del Ausente que se hace presente por medio de su efigie, de su voz y del sentimiento de las masas descebradas que lo siguen devotas y agradecidas por los bienes nada espirituales recibidos, incluidos, por supuesto, algunos gobernantes extranjeros que acudieron, cual aquelarre de sanguijuelas (con perdón del uruguayo José Mujica) al acto propiciatorio del 10 de enero de 2013. Sólo faltó el babalao que vociferara “Lázaro, levántate y anda”

Padecemos ciertamente de un doble cautiverio: Cuba depende de nosotros económicamente, Venezuela depende de Cuba políticamente. Tocará a algún miembro de la familia Chávez convencer a los Castro de desenchufar al finado a fin de darle cristiana sepultura junto a su gran inspirador, Bolívar, en su faraónico mausoleo. Habrá que dilucidar ¿a su derecha o a su izquierda? Será mejor a sus pies, humilde como lo fue en vida.






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