EEUU

marzo 28, 2012

John Kennedy: El joven candidato que alcanzò la Presidencia de Estados Unidos

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Written by: analisislibre

Jose Rafael Garcia Garcia

John Kennedy querìa ser presidente de los Estados Unidos. Ese deseo no se apoderò de èl repentinamente, en un momento concreto y determinado. No se trataba de un interès heredado de su hermano, impuesto por su padre, o inspirado por sus enfermedades… Sencillamente, John Kennedy queria ser presidente porque, como dijo a un periodista a comienzos de 1956, cuando no tenìa própositos especìficos en relaciòn al cargo,»supongo que quienquiera entre en polìtiica puede tener esa ambición «, o puede que, com dijo en 1960 con frecuencia, le gustarìa la presidencia porque » es el centro de acciòn el fundamento, la fuente de donde emana el sistema americano», y aun, segùn explicaba en 1962, por estimar que allí al menos tiene uno la oportunidad de hacer algo respecto a todos los problemas con los que debe enfrentarse en definitiva, sea como padre, o o como ciudadano, y sì lo que consigue es ùtil y tierne èxito, en tal caso la satifacciòn (propia ) es grande «.

En privado podìa ser desde luego màs explìcito, enumerando los hombres que , en el perìodo de su vida joven solamente, habìan pasado por la presidencia o aspirado a ella. Hombres que en su mayorìa estimaba no poseían un talento superior al suyo. De los demàs aspirantes al cargo, contemporàneos con Kennedy, el senador juzgaba como el màs hàbil a JOhnson y apreciaba tanto a Stevenson como a Humphrey, pero el primero, habiendo sido portaestandarte por dos veces del partido democràta en la lucha electoral, decìa tajantamente que no pensaba volverse a presentar como candidato, y Kennedy estimaba objetivamente la personal habilidad para conseguir el nombramiento y para ser elegido y dirige a la naciòn durante los años difìciles del futuro inmediato, com superior a la de esos cuatro hombres.

Por otra parte, ninguno de los posibles candidatos repùblicanos resultaba imbatible en opiniòn del senador, Richard Nixòn, escribirìa Kennedy en 1957k sería un duro competente y astatuto opositor. Harà falta màs que acusaciones infundadas para batir a Mr. Nixon, que bien pudiera leerlas luego ( se entiende divertido ) durante el desfile inaugural de su mandato. De todos modos el senador estimaba las ambiciones de Nixon excedìan a su habilidad, y que ni su programa, ni su fìsico inspiraba confianza para los votantes.

No conocìa Kennedy a Nelson Rockefeller antes de su elecciòn como gobernador del estado de Nueva York. Cuando ambos aparecieron como invitados de honor para hablar al final del banquete conmerativo de Al Smith en 1959, el senador considerò el haberlos emparejado como competencia deportiva. Durante la cena retocó ansiosamente su discurso, prepocupàndose cada vez màs conforme veìa al gobernador sonriente, hablador, seguro de sì, e incapaz de echar una ojeada al texto. Pero luego al contraste de una y otra intervenciones oratorias no pudo haber màs grande.

Rockefeller pronunciò un alocuciòn gris, excesivamente larga, a la que siguiò por completo contraste, otra de Kennedy incisiva, humorìstica, llena de observaciones pertinentes. «¡ Me gustarìa aparecer junto a èl cada noche de la semana! «, comentaba, exultante, el senador a la mañana siguiente.

A menudo Kennedy ante el aire incrèdulo de los periodistas y la desesperaciòn de sus partidarios, enumeraba objetivamente eso handicaps en pùblico. Sabrà que ningùn catòlico habìa sido presidente de los Estados Unidos y que cada tres personas que iban a la Iglesia en el país, dos eran protestantes. Sabìa asimismo que ningùn hombre de apenas cuarente y tres años había alcanzado la suprema magistratura, y que en definitiva, aun cuando sòlo fuera por esas razones, resultaba poco probable que su partido lo eligiera. Pero, por otro lado, sabìa asimismo que su aspecto juvenil, su religiòn, aùn motivo de discordia y desconfianza, le colocaban un tanto «aparte» de los demàs polìticos al uso, en el sentido de que acababan siendo cualidades que le distinguìan de los mismos, y podìan ayudarle a atraer a ciertos nùcleos de seguidores futuros.

Quizàs, en el caso de habèrsele garantizado el nombramiento de candidato demòcrata a la presidencia para una època futura cualquiera, Kennedy hubiera escogido un año que no fuera 1960. Ocho o doce años m

Jose Rafael Garcia Garcia

John Kennedy querìa ser presidente de los Estados Unidos. Ese deseo no se apoderò de èl repentinamente, en un momento concreto y determinado. No se trataba de un interès heredado de su hermano, impuesto por su padre, o inspirado por sus enfermedades… Sencillamente, John Kennedy queria ser presidente porque, como dijo a un periodista a comienzos de 1956, cuando no tenìa própositos especìficos en relaciòn al cargo,»supongo que quienquiera entre en polìtiica puede tener esa ambición «, o puede que, com dijo en 1960 con frecuencia, le gustarìa la presidencia porque » es el centro de acciòn el fundamento, la fuente de donde emana el sistema americano», y aun, segùn explicaba en 1962, por estimar que allí al menos tiene uno la oportunidad de hacer algo respecto a todos los problemas con los que debe enfrentarse en definitiva, sea como padre, o o como ciudadano, y sì lo que consigue es ùtil y tierne èxito, en tal caso la satifacciòn (propia ) es grande «.

En privado podìa ser desde luego màs explìcito, enumerando los hombres que , en el perìodo de su vida joven solamente, habìan pasado por la presidencia o aspirado a ella. Hombres que en su mayorìa estimaba no poseían un talento superior al suyo. De los demàs aspirantes al cargo, contemporàneos con Kennedy, el senador juzgaba como el màs hàbil a JOhnson y apreciaba tanto a Stevenson como a Humphrey, pero el primero, habiendo sido portaestandarte por dos veces del partido democràta en la lucha electoral, decìa tajantamente que no pensaba volverse a presentar como candidato, y Kennedy estimaba objetivamente la personal habilidad para conseguir el nombramiento y para ser elegido y dirige a la naciòn durante los años difìciles del futuro inmediato, com superior a la de esos cuatro hombres.

Por otra parte, ninguno de los posibles candidatos repùblicanos resultaba imbatible en opiniòn del senador, Richard Nixòn, escribirìa Kennedy en 1957k sería un duro competente y astatuto opositor. Harà falta màs que acusaciones infundadas para batir a Mr. Nixon, que bien pudiera leerlas luego ( se entiende divertido ) durante el desfile inaugural de su mandato. De todos modos el senador estimaba las ambiciones de Nixon excedìan a su habilidad, y que ni su programa, ni su fìsico inspiraba confianza para los votantes.

No conocìa Kennedy a Nelson Rockefeller antes de su elecciòn como gobernador del estado de Nueva York. Cuando ambos aparecieron como invitados de honor para hablar al final del banquete conmerativo de Al Smith en 1959, el senador considerò el haberlos emparejado como competencia deportiva. Durante la cena retocó ansiosamente su discurso, prepocupàndose cada vez màs conforme veìa al gobernador sonriente, hablador, seguro de sì, e incapaz de echar una ojeada al texto. Pero luego al contraste de una y otra intervenciones oratorias no pudo haber màs grande.

Rockefeller pronunciò un alocuciòn gris, excesivamente larga, a la que siguiò por completo contraste, otra de Kennedy incisiva, humorìstica, llena de observaciones pertinentes. «¡ Me gustarìa aparecer junto a èl cada noche de la semana! «, comentaba, exultante, el senador a la mañana siguiente.

A menudo Kennedy ante el aire incrèdulo de los periodistas y la desesperaciòn de sus partidarios, enumeraba objetivamente eso handicaps en pùblico. Sabrà que ningùn catòlico habìa sido presidente de los Estados Unidos y que cada tres personas que iban a la Iglesia en el país, dos eran protestantes. Sabìa asimismo que ningùn hombre de apenas cuarente y tres años había alcanzado la suprema magistratura, y que en definitiva, aun cuando sòlo fuera por esas razones, resultaba poco probable que su partido lo eligiera. Pero, por otro lado, sabìa asimismo que su aspecto juvenil, su religiòn, aùn motivo de discordia y desconfianza, le colocaban un tanto «aparte» de los demàs polìticos al uso, en el sentido de que acababan siendo cualidades que le distinguìan de às habrìan eliminado su handicap juvenil, ablandado la oposiciòn a su religiòn y, posiblemente, debilitado mucho a los republicanos. Sòlo que el senador no tenìa semejante garantìa, y por tanto no era libre de escoger. Las circunstancias, los acontecimientos, y sus propias inclinaciones combativas innatas, todo lo empujò a presentarse a la lucha en 1960. Y una vez que decidiò a entrar en la lid, opinaba, tenìa que ser » ahora o nunca «, Muchos le advirtieron que le convenìa esperar, hacer a un lado pro el momento para dejar el paso franco a otros, o bien aspirar unica a un segundo puesto; se lo recomendaban columnistas, competidores, amigos y aun los extraños. Cierto dìa de la campaña electoral- esto ocurrìa en la calle, en Eau Claire, estado de Wisconsin- , una anciana qeu estrechaba su mano le advirtiò: » Ahora no, ahora no, jovencito. Es demasiado pronto. » Kennedy le contestò, suave pero con un punto de excitaciòn en la voz: No, señora, èste es el momento». Y ella se alejò sonriendo despuès de decirle: » Que Dios te bendiga».






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