Opinion

December 2, 2018

El Odio en la Época Insegura

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Written by: analisislibre
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D. Luis Buceta Facorro, (90) español, Catedrático Emérito de la Universidad Complutense de Madrid y de la Universidad Pontificia de Salamanca, nos explica de manera enjundiosa y bien fundada, la génesis de los movimientos políticos populistas que hoy se extienden por Europa y América, partiendo de las razones más atávicas que los inspiran, pasando por su evolución, para llegar a su actual caracterización. Ello nos permite lograr una mejor comprensión de los retos a los que enfrenta, tanto la sociedad española de hoy, como los que han confrontado países iberoamericanos, entre los que Venezuela es el ejemplo que mejor refleja los efectos nocivos de aquellos perniciosos fenómenos socio-políticos.

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Luis Buceta Facorro

Me propongo intentar una posible perspectiva, desde la que contemplar la pavorosa aceleración histórica de la época que vivimos, como probable encuentro de marcos de referencia adecuados al entendimiento de la situación dinámica y, en parte, caótica de los acontecimientos cotidianos.

Dada la confusa situación sobre plagio de tesis y masters quiero manifestar que la segunda parte del título de este trabajo, la he tomado de la obra del profesor Jesús Fueyo sobre “La Época Insegura” publicada en 1962.

En su obra “Entre las Sombras del Mañana” Huizinga afirma: “Bien sea el objetivo de la cultura, la otra vida o el porvenir terrenal inmediato, la sabiduría o el bienestar, siempre son el orden y la seguridad condición indispensable para aspirar o lograr dicho objetivo. Siendo esencialmente aspiración, toda cultura exige imperiosamente el mantenimiento del orden y la seguridad. De la exigencia de orden se deriva todo lo que es autoridad; de la exigencia de seguridad, todo lo que es justicia”. Con esta cita comienza Jesús Fueyo su obra “La Época Insegura” (1962), añadiendo que el verdadero descubrimiento del siglo XX “es el descubrimiento de la inseguridad…El siglo XX es una  época fuera de órbita y por lo mismo constitutivamente inseguro”. Es indudable que no hay una mínima certidumbre de futuro. “Nuestro sistema de posibilidades no controla el desarrollo de las estructuras básica de convivencia a veinte años vista”. En los últimos tiempos, de forma reiterativa, estamos permanentemente en crisis y vamos saliendo, pero pronto nos encontramos de nuevo con la crisis, que implica “la íntima angustia de no tener ni idea acerca de la instalación en el futuro”, refiriéndose Fueyo a los hijos, y, consecuentemente, planteando la situación de las futuras generaciones. En principio, y desde una perspectiva política Fueyo achaca, entre otras variables, esta inseguridad a la debilidad progresiva del Estado. “La debilidad ideológica del mundo Occidental se manifiesta ante todo, por deficiencia de un sentimiento enérgico y moralmente saludable del Estado” (Fueyo, 1962; 43). Hay una progresiva mentalidad para mostrar en el Estado nada más que una anatomía administrativa, que ciega los verdaderos valores morales del Estado. “La hipertrofia burocrática y técnica de la organización del Poder no tiene nada que ver, en efecto, con el rango del Estado en la escala  de los Valores de Civilización “, (Fueyo 1962, 44). Este eliminar del sentido ético que se ha venido alimentando en las últimas centurias, esta “aversión al Estado  es, contemporáneamente, un signo agudo de la época insegura. Es más que un signo: es una de las claves más hondas de la inseguridad”. (Fueyo, 1962, 44) y representa la liquidación del Estado como fundamento supremo de la Autoridad.

El peligro de ese proceso es que el Estado,  como suprema institución del Poder,  puede ser captado y  utilizado indebidamente. Así nos lo muestra  Bertrand de Jouvenel, en su obra “El Poder” (1947), que  Fueyo trae a colación. Después de advertir que todo poder es objeto de maniobras captatorias para apoderarse del mismo y ser utilizado según específicos intereses, nos señala que “eso no es nada al lado de lo que pueden los intereses sobre un Poder democrático. Aquí el Poder está dado por la opinión de la mayoría. Si unos intereses fraccionarios saben, pues, organizarse y adquieren el arte de crear movimientos de opinión, pueden someter al Poder, cultivarlo e incluso hacerse con él, para ejercerlo en su provecho y obtener ventajas en detrimento de otros grupos o de la sociedad entera”  (Bertrand de Jouvenel, 1947).

Cuarenta y nueve años más tarde, en 2011, José María Carrascal nos habla de la “Era de la Incertidumbre”,  partiendo del principio que lanzó, desde la física, nada menos que en 1927 Werner Heisenberg, el cual formuló el “principio de indeterminación”, en el momento que había empezado a descubrir el mundo subatómico y no saber dónde encajarlo. Este principio nos lo ofrece José María Carrascal de la siguiente forma para legos: “si en el mundo que vemos, olemos y palpamos es posible predecir el lugar donde se encuentra cada cuerpo y la trayectoria que describe, en el mundo del átomo es imposible determinar dónde se halla cada una de sus partículas en un momento preciso. (ABC, 23-8-2011). Esta indeterminación se convierte en una evidente incertidumbre que produce total inseguridad, que abala la existencia de una época insegura. “por todos los ámbitos de la actividad humana, derribando venerables estructuras, barriendo supuestos arraigados, acabando con certezas milenarias y dejándonos a la intemperie, en los más diversos campos, con la fuerza imparable de un tsunami”. No se trata solo de la física, sino también de la gobernanza de las naciones, en la que la democracia tiene tantas y variadas interpretaciones, la economía nos tiene permanentemente en vilo y no hay quien la entienda, con intervencionismos y libre mercado términos en crisis y de difícil manejo. Las ciencias sociales, la satisfacción de necesidades, la medicina que se encuentra con nuevas enfermedades, las exigencias permanentes de derechos y bienestar. Estamos en un mundo que ni siguiera imaginamos a donde puede llegar y como se va a desarrollar. “Pese a ello, ello nos movemos por él con una audacia y rapidez que produce vértigo. La informática, fundada precisamente en las subpartículas atómicas, domina hoy desde móviles a las tarjetas de crédito, desde los supermercados a las gasolineras, desde la Bolsa al narcotráfico, desde la radioterapia a la Formula 1. Si un día esos electrones decidieran rebelarse o, simplemente, alcanzaran tal saturación que fuera imposible controlarlos, el mundo entero se paralizaría. Mejor dicho, se convertiría en un caos”.

Lo malo es que este caos se ha relacionado, durante tiempo ha, con la decadencia de Europa y con ello de la Civilización Occidental. Ya Metternich, en 1820, afirmó que “La vieja Europa está en el comienzo del fin y entre el fin y el comienzo de una era nueva queda el caos”. En cualquier caso estamos ante demasiadas variables indeterminadas, que nos sitúan en el dominio de la incertidumbre, que hace de nuestro presente una inseguridad que se extiende por todos los ámbitos y países. Es una época insegura de carácter universal.

Debo reconocer, no sé si es virtud o defecto, que nunca he tenido el sentimiento de odio y nunca, a pesar de mi condición de psicólogo social, lo he podido entender y explicar. La realidad es que “haberlo lo hay”, pues con frecuencia me encuentro con él y no solo a nivel personal, sino también a nivel nacional y mundial. Nos dice Olegario González de Cardedal, hombre de los pocos que piensan y expresan su pensamiento, aunque a veces cuesta entenderlo en su enjundia, que “si se me preguntara cual es el signo más grave que veo yo en nuestra convivencia civil, diría que la aparición del odio en palabras y acciones”. Por su parte y, en otra dimensión, André Glucksmann, en su obra “El Discurso del Odio”, mantiene la tesis de que “el dio existe” y tanto a la escala microscópica de los individuos como en el corazón de las colectividades gigantescas, de tal forma que “un odio incansable, tan pronto ardiente y brutal como insidioso y glacial, amenaza al mundo. (Glucksmann, 2005, 9). Desde el corazón de las colectividades mi amigo y pensador José Manuel Cansino, señala que “la última Guerra Civil española está siendo interpretada desde la psicología…La actual revisión de la Guerra Civil se hace desde el odio de los herederos del bando derrotado, en mitad de silencio mayoritario de los vencedores. Odio y miedo son sentimientos que pertenecen a la psicología de quienes los alojan”.

En este punto permitirme que lo señale como elemento fundamental de partida. Es una especie de adivinanza, que, por descontado, no lo es, porque se usa en psicología, para acercarnos a la mente y sus contenidos, pero que aclara al entendimiento de lo que hoy está en juego y sirve de elemento de comprensión de todo lo que se va a plantear. Dice así: “Lloramos porque estamos tristes o estamos tristes porque lloramos”. Es la base de la gran discusión entre lo físico y lo mental.  Sí estamos tristes porque lloramos, eso quiere decir, así lo entienden los materialistas, es que el llorar es consecuencia únicamente  de una previa causa física, que es,  en definitiva, lo que somos, pura materia, pura naturaleza,  por lo cual los fenómenos mentales son epifenómenos  de la materia. Por el contrario, sí lloramos porque estamos tristes, el proceso mental de tristeza es anterior al llorar, y el hecho físico de llorar es consecuencia de ese estado interior, y no observable, del sentimiento. Esta es la profunda diferencia entre la dialéctica materialista y aquellos que creemos que somos más que nuestra materia, por considerarnos creados por un ser superior. Materia y espíritu, enfrentados, vida exclusivamente terrenal o esperanza de trascendencia hacia el creador. Dios está en juego en esta disyuntiva y con ello la Religión y lo religioso. Políticamente y socialmente el duelo entre marxismo y las concepciones de los valores de la Civilización Occidental. Para que  quede claro Lenin dice. ”Marxismo es materialismo. En cuanto que tal adopta frente a la religión una actitud tan implacablemente hostil, como la del materialismo de los enciclopedistas del siglo XVIII o como la del materialismo de Feuerbach…Tal actitud es el ABC del materialismo en cuanto que tal, y consiguientemente también la del marxismo”. Y por si fuera poco  otra cita,   para mi más determinante y clarificadora transmitida por Radio Moscú en la Navidad de 1959: “El pueblo soviético no necesita el cuento del evangelio acerca de un Jesucristo inexistente. El pueblo soviético no espera la gracia de Dios. Edifica él mismo su vida, guiado por la doctrina marxista-leninista sobre el desarrollo de la sociedad y no por un cuento de hadas sobre Dios”. La religión y lo religioso siempre en el centro de los grandes enfrentamientos ideológicos cósmicos.

No es fácil encontrar un concepto de odio y, más difícil, explicar su aparición como sentimiento humano. Lo que parece claro es que es un sentimiento, pero un sentimiento negativo. La Academia, en su diccionario entiende que el odio es “antipatía y aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea” y María Moliner es más explícitas: “Sentimiento violento de repulsión acompañado de deseo de causar o que le ocurra daño”. Sí es un sentimiento con un deseo explicito  que puede dar una conducta, efectivamente, entramos de lleno en la psicología y en las profundidades del ser humano.

El profesor de la Universidad de Múnich, Philip Lersch, entiende que todo  parte del instinto de conservación individual que conlleva al egoísmo, que como querer para sí no es negativo, en principio, pero un alto grado de egoísmo se convierte en idolatría, por el afán de tener para sí, con el impulso de “no poder lograr bastante”. La idolatría la relaciona con el deseo de poder, de dominar el medio y el ambiente, con la convicción de ser capaz de actuar frente al conjunto del mundo, pero este actuar produce para el bien o para el mal, para construir o destruir. Todas las personas tienen un nivel de aspiración como motivación de quehacer y conducta en la vida, pero hay personas que, “no se contentan con nada y que sólo piensan en ellos mismos sin conceder a los demás el derecho a plantear las mismas aspiraciones, creyendo, en cambio, poseer un derecho indiscutible a que se satisfagan las suyas” (Lersch, 1962; 140).

            Sin continuar en la búsqueda de cómo aparece y surge el odio, tema apasionante, el odio se relaciona estrechamente con el resentimiento. En este momento es imprescindible acudir a Gregorio Marañón, que realiza un serio estudio sobre el resentimiento, en su obra “Tiberio. Historia de un Resentimiento” (1959; págs. 25 a 37). Marañón afirma que el resentimiento es “una pasión, una pasión de ánimo que trata de definir. “Una agresión de los otros hombres o simplemente de la vida en esta forma imponderable y vacía que solemos llamar mala suerte produce en nosotros una reacción, fugaz o duradera, de dolor o de fracaso  o de cualquiera de los sentimientos de inferioridad. Decimos entonces que estamos “dolidos” o “sentidos”. Si no se  supera porque con el tiempo se desvanezca o se convierte en resignación, “la agresión queda presa en el fondo de la conciencia, acaso inadvertida; allí dentro, incuba y fermenta su acritud; se infiltra en todo nuestro ser; y acaba siendo la rectora de nuestra conducta y de nuestras menores reacciones. Este sentimiento, que no se ha eliminado, sino que se ha retenido e incorporado a nuestra alma, es el resentimiento”. Lo importante aquí es que, según el estudio de Marañón es que el resentido es siempre una persona sin generosidad…un ser de mediocre calidad moral…y que tiene una memoria contumaz, inaccesible al tiempo”.

Destaco afirmaciones que, desde la perspectiva de comportamiento humano sostiene Marañón. Una: Hay una coincidencia, muchas veces, del resentimiento con la timidez, de aquí “la razón de que acudan a la conclusión revolucionaria tantos resentidos y jueguen en su desarrollo importante papel. Los cabecillas más crueles tienen con frecuencia antecedentes delatores de su timidez antigua y síntomas inequívocos de su actual resentimiento”. Otra: “El resentimiento es incurable. Su única medicina es la generosidad, y esta pasión nobilísima nace con el alma y se puede, por lo tanto, fomentar o disminuir, pero no crear en quien no la tiene…parece, a primera vista, que como el resentido es siempre un fracasado – fracasado en relación con su ambición- el triunfo, le debería curar. Pero, en la realidad, el triunfo, cuando llega puede tranquilizar al resentido, pero no lo cura jamás. Ocurre, por el contrario, muchas veces, que, al triunfar, el resentido, lejos de curarse, empeora. Porque el triunfo es para él como una consagración solemne de que estaba justificado su resentimiento; y esta justificación aumenta la vieja acritud. Esta es otra de las razones de la violencia vengativa de los resentidos cuando alcanzan el poder y de la enorme importancia que, en consecuencia, ha tenido esta pasión en la Historia”.

Más grave es su relación con el amor. Lo opuesto al amor es el odio. Ya desde los pensadores medievales se destaca, esta faceta del odio, como contrafigura del amor, y que Lersch lo manifiesta diciendo que el odio a los semejantes es “el polo negativo del amor, y considerado como emoción es el odio un horizonte en el cual aparece el otro como sujeto sin valor” (Lersch 1962; 235).  Al igual que el amor, el odio implica deseo. Uno de ellos es hacer daño. “Se está odiando algo o alguien no es un “estar” pasivo, como el estar triste, sino que es, en algún modo, acción, terrible acción negativa, idealmente destructora del objeto odiado”. (Marina y López Penas 1972; 182). Hay el firme deseo en el odio, de destruir y aniquilar lo odiado. Representa una aversión absoluta. Así pues, lo opuesto al amor al prójimo, por consiguiente es el odio, que puede tener un carácter individual pero, también, una dimensión social desde el punto de vista de la comunidad. Lo importante en lo que coinciden todos los autores es que, como actitud, se distingue del rencor, de la envidia, incluso del resentimiento porque aunque en todos estos conceptos hay un afán vindicativo de hacer daño al otro, el odio se dirige a exterminarlo. Es decir, el odio como polo negativo del amor representa un horizonte en el cual aparece el otro como sujeto sin valor y nos impulsa a exterminarlo. Así como el amor, nos dice Lersch (1962), pone en peligro la propia existencia por el bien del ser amado o de la identidad amada, el odio puede llegar hasta el sacrificio de la propia vida, como prenda del exterminio del ser odiado. La aspiración del que odia es privar al odiado de la merced de la existencia que llega hasta el punto de exposición de la propia vida. Ejemplo diario es lo que hoy se llama violencia de género, en el que se mata al cónyuge y se suicida, o por  destruir al ser odiado, mata a sus hijos. Los exterminios del siglo XX y los actuales entre los que se destaca los de los islamistas, especialmente hacia los cristianos, la “bomba humana” del terrorista islámico, etc., son serios y evidentes ejemplos de esta actitud de odio manifiesto.

Hay que preguntarse cómo, ésta actitud de odio manifiesto, ha infectado la vida colectiva, de forma que, actualmente, amenaza al mundo. Pienso que la clave está en la “Teoría del Partisano” de Carl Schmitt, que la relaciona con lo que él denomina “la difícil discusión sobre el concepto de la política” por ello, cuando preparaba la revisión de su obra principal, “El Concepto de lo Político”, creyó conveniente añadir la “Teoría del Partisano”. No se puede entender la hondura de la teoría del partisano, ni su protagonismo ni vivencia actual, sin conocer el concepto de lo política de Carl Schmitt. Para este pensador, cualquier acto social se convierte en político en cuanto adquiera determinada intensidad. La intensidad de la diferencia de algunos de los sectores de la realidad actual, constituye elemento de transformación cualitativa de la inicial unión en la distinción. De forma clara lo define Schmitt: “todo antagonismo confesional, moral, económico, étnico, etc., se torna en antagonismo político apenas se ahonda lo suficiente para agrupar efectivamente a los hombres en amigos y enemigos”. (Schmitt en Conde 1944; pág. 74). Independientemente de las discrepancias y diversas tensiones que sobre el concepto de lo político pueda haber, a mi entender, la concepción de  Schmitt representa un contenido psicosocial que lleva a explicar los graves conflictos de la humanidad y nos sirven para comprender nuestro siglo XX y siglo XXI, que ahora sufrimos y nuestros descendientes han de afrontar.

Como en tantas otras cosas y ocasiones, a lo largo de la historia, España fue adelantada en esta teoría del partisano. Así nos lo dice: “Es la guerrilla que hizo el pueblo español contra el ejército invasor extranjero en los años 1808-1813”. Gracias a este choque se rompieron los conceptos clásicos de guerra, que abrieron nuevos espacios y se desarrollaron nuevas nociones de beligerancia y surgió una nueva teoría de la guerra y la política. El sentido originario del nombre, si nos remitimos a su origen español sería más adecuado hablar de “partidas”, y no de partido, como indica Schmitt, pues, aquellas eran las que actuaban en la guerra contra Napoleón llegando a un número de 200 partidas regionales. En definitiva, el partisano es un combatiente irregular. La acción de estas partidas españolas rompía con el concepto clásico de guerra,  en que se enfrentan dos ejércitos regulares, con unas ciertas normas y un espacio delimitado. El partisano de la guerrilla española, fue el primero que se atrevió a luchar, irregularmente, contra los primeros ejércitos modernos regulares, lo que provocó una teoría  de la guerra y de la enemistad  que culmina en un cambio de la “faz de la tierra y de la humanidad” (Schmitt 2013; 26).

Esta chispa, desde España salta al norte y es recogida por el célebre general prusiano Von Clausewitz, concretándose en un Edicto prusiano de 21 de Abril 1813, que se considera como una especie de carta magna del partisanismo y será la base del concepto de guerra total y constituye “el documento oficial de una legitimación del partisano en la defensa nacional. (Schmitt 2013; 158). El propio Napoleón dio cartas de naturaleza al partisanismo. En carta dirigida al general Lefevre en 1812, le dice: “Con los partisanos hay que luchar a la manera de los partisanos”. El nombre y el concepto quedan así plasmados con exactitud y contenido de toda actualidad.

A partir del siglo XX, la guerra de Estado con sus acotamientos del derecho internacional se liquida y aparece la guerra revolucionaria de partidos. Este es el salto que da Schmitt en su capítulo titulado “De Clausewitz a Lenin”. Ya Marx y Engels se dieron cuenta que la guerra revolucionaria no podía ser ya una guerra de barricadas de tipo antiguo, pero fue Lenin, “el primero que comprendió con plena conciencia al partisano como figura esencial de la guerra civil nacional e internacional” (Schmitt, 2013; 63). La guerra partisana, para Lenin, constituye “una inevitable forma de lucha”, y hay que servirse de ella sin dogmatismos o principios preconcebidos, utilizando cualquier medio y método legal o ilegal, pacífico o violento, regular o irregular, según las circunstancias. El objetivo es la revolución comunista en todos los países del mundo; lo que sirve a este objetivo es bueno y justo. Pero Lenin hace una distinción muy interesante: Los partisanos dirigidos por la central comunista luchan por la paz y son héroes gloriosos; pero los partisanos que escapan a esta dirección son chusma anarquista y enemigos de la humanidad. Lenin es consciente que la distinción de amigo y enemigo es lo primario en una época de revolución, y decisivo tanto para la guerra como para la política. Solo la guerra revolucionaria es verdad auténtica porque tiene su origen en una enemistad absoluta. La guerra de enemistad absoluta exige un enemigo absoluto, en este caso, el enemigo de clase, el burgués, el capitalista occidental con su orden de sociedad. “La irregularidad de la lucha de clase pone en duda existencial no sólo una línea, sino toda la construcción del orden político y social…y desencadenó nuevas fuerzas explosivas insospechadas” (Schmitt, 2013; 65). De  Lenin da el salto a Mao, y, nos recuerda, que en su situación concreta, concluyen varias clases de enemistad que se concentran en una enemistad absoluta: La enemistad contra el blanco explotador colonialista, la enemistad de clase contra la burguesía capitalista, la enemistad nacional contra el invasor japonés, que es de la misma raza, y la enemista contra el propio hermano nacional que se exacerbó durante larga y amarga guerra civil.

En la guerra revolucionaria el fin, la intención es la destrucción del orden social existente empleando una lógica de desinformación para contrarrestar la estabilidad y de contraterror, para mediante el miedo, fortalecer la inseguridad. Sabemos, desgraciadamente, por experiencia diaria que bastan unos pocos terroristas para ejercer presión y producir inseguridad en grandes masas. En el momento actual, en un mundo técnicamente desarrollado y con una red de comunicaciones, prácticamente incontrolable, de carácter inmediato mundialmente, las posibilidades del partisano, como luchador irregular se amplían exponencialmente. Curiosamente, y ello dice de la intuición genial de Schmitt, pues no llegó a conocer las actuales redes sociales, augura que el progreso técnico proporciona la posibilidad de penetrar en los espacios cósmicos, abriéndose posibilidades inconmensurables para conquistas políticas, descubriendo nuevos espacios de lucha. Augura, pues, la posible aparición de “cosmopartisanos” realidad muy cercana a nosotros.

 En este nuevo tipo de lucha, el partisano, aunque sea indirectamente, ha puesto sobre el tapete la distinción entre legalidad y legitimidad, así como, quien es el verdadero enemigo y el enemigo absoluto. Los Estados modernos, se basan en el imperio de la ley, son Estados de Derecho. Nadie está por encima de la ley, que es superior a cualquiera otra instancia o norma imaginable y, precisamente, esta es la única forma de legitimidad. La irregularidad del partisano implica la ilegalidad y, por eso, necesita una legitimación si quiere mantenerse en la esfera de lo político sin hundirse simplemente en lo criminal. El verdadero tipo de partisano es el combatiente de la resistencia ilegal y el permanente activista, clandestino o no, que necesita legitimar la acción. En el propio lenguaje, hay una crisis de lo legal, ya que los no juristas dicen, hoy, simplemente legítimo y no legal, siempre que quieren señalar que tienen razón. Con claridad meridiana este es el significado de lo que manifiesta esta frase de Podemos: “No hay bloqueo institucional contra la voluntad del pueblo”.

Con respecto a determinar, cual es el verdadero enemigo,  como ya hemos indicado, es Lenin, el que convirtió al verdadero enemigo en enemigo absoluto y, como consecuencia, con la absolutización del partido, también el partisano se hizo absoluto y se convirtió en un portavoz de una enemistad absoluta, pues los que así actúan, se ven obligados a destruir también a los otros hombres a los que combate. Hay que declarar, a la parte contraria, en su totalidad, como criminal e inhumana, como un desvalor absoluto, si no es así, ellos mismos resultarían criminales  inhumanos. Y concluye Schmitt su obra con una premonición que hoy estamos viviendo plenamente: “Nuevas especies de enemistad absoluta tienen que surgir en un mundo en donde los contrincantes se empujan,  unos a otros, hacia el abismo de la desvalorización total antes de aniquilarse físicamente. La enemistad será tan horrorosa que ni siquiera se podrá hablar de enemigo o enemistad. Ambos se proscribirán y condenarán en debida forma antes de empezar con la obra de destrucción. La destrucción se hará entonces completamente abstracta y absoluta. Ya no se dirige contra un enemigo, si no que servirá a la imposición, llamada objetiva, de valores supremos, y estos, como es sabido, no tienen precio. Sólo la negación de la enemistad verdadera abre el  camino para la obra destructiva de la enemistad absoluta” (Schmitt, 2013; 100).

Recordemos que el odio, como opuesto al amor al prójimo, en su afán vindicativo, se dirige a exterminarlo. El “otro” es el enemigo total que hay que destruir y eliminar. En el momento actual la visión de futuro de Schmitt, es una realidad que se plasma, especialmente, de una parte, en el llamado populismo, antisistema y contra los aparatos, a los que ha declarado enemigos totales y, de otra, por la manifestación trágica del islamismo radical, con su planteamiento del Islam como religión de expansión y exclusión universal. En nuestra época, la religión ha vuelto a ser cuestión esencial en la enemistad y la lucha con la violencia terrorista que conocemos y padecemos. No es el momento de desarrollar un planteamiento más amplio, pero es evidente que, desde el fundamentalismo islámico, el contrario, los infieles, somos el “enemigo total”, que hay que destruir. Desde Occidente,  no estamos en una guerra de religión pero sí en una guerra desde una religión. Nosotros, los occidentales, no hemos declarado la guerra a nadie, son ellos, los islamistas radicales y violentos los que nos la han declarado a nosotros.

Más peligroso para el mundo occidental y los valores de Civilización que representa, son los populismos, enmarcados en una izquierda radical que con ese nombre camuflan su verdadero rostro de neomarxismo puro. Se presentan, unas veces como partidos políticos y otras, como movimientos sociales,  que propugnan soluciones atractivas al pueblo, pero enormemente voluntaristas, pues son de difícil, cuando no imposible, logro. En definitiva, soluciones fáciles y simples para problemas complejos. Responden a la teoría del partisano pues utilizan la legalidad y la ilegalidad para conseguir sus fines. Usan sesgadamente los conceptos de legal y legítimo, por lo que su ilegalidad o falta de aceptación de las normas y leyes, la quieren justificar atribuyéndose la legitimidad por considerarse la voz del pueblo. Sus métodos son los del partisano en una guerra asimétrica contra el “sistema”, “imperio capitalista” o la “casta”, no aceptando la legitimidad de las leyes democráticas, a las que acusan de estar al servicio de los intereses de la clase política. En España, el más representativo es el reciente partido Podemos que se presenta como un movimiento del pueblo organizado que, acertadamente dirigido por un líder carismático, “puede” alcanzar sus metas no definidas y si manifestadas en frases atractivas pero sin contenido concreto. En su lucha manifestada sin ambages, no tienen límite y desde dentro se trata de debilitar las instituciones legales y legítimas y, desde fuera, recurriendo a las movilizaciones de masas, acampadas, protestas públicas, etc., siguen atacando a las instituciones y a las personas que las encarnan. Como indica el profesor De Vicente Algueró, “siempre aluden a la voz del pueblo, con el que se identifican sin matices, al que previamente han sometido a una machacona propaganda de eslóganes, discursos voluntaristas y promesas de un mundo mejor. Pero simplificando el concepto de pueblo, que se identifica únicamente  los que siguen  sus postulados. Los demás ya no son el pueblo, son otra cosa, la casta, los privilegiados, los opresores, cuando no simples fascistas” (De Vicente, 2016; 311).

A sus métodos de ilegalidad y permanente crispación unen la utilización del principio de “amigo y enemigo” y de “enemigo total”. Por si no quedara claro, desde el primer momento y con lo que ya hemos dicho, tenemos el paradigmático ejemplo de la última moción de censura en el Congreso. En este caso previamente anunciaron que la censura era mediática y no constructiva pues se trata de “aprovechar este escenario para seguir capitalizando la ola de indignación ciudadana, que existe en torno a lo que representa la corrupción”. Su objetivo es “atacar, atacar y atacar” como estrategia de polarización y, con ello seguir profundizando en la delimitación de los debates políticos actuales en torno a ejes de tipo transversal, como “dignidad vs indignidad”, “decencia vs indecencia”, “corrupción vs nuevo país”, etc., apareciendo Podemos como capitalización de los polos positivos dentro de ellos. Está claro que ante la votación final, votar contra  la moción es votar a favor del gobierno, es decir, de la “indignidad” (ABC, 4 junio 2017). Así se van delimitando quienes son “dignos o indignos”, a la postre los futuros “amigos o enemigos”. A los indignos, como enemigos hay que eliminarlos. España adelantada y origen de la lucha partisana allá por el 1808, es hoy campo de batalla de un partisanismo que nos ataca despiadadamente y, hoy, desgraciadamente, con el apoyo de un partido socialista radicalizado hacia el marxismo, que lo hace desde la legalidad del gobierno.

 En 2017, Juan Manuel de Prada, publica un artículo con el sugestivo título de “Por el Odio a la  Hegemonía”, en el que añade a las lecturas primordiales de nuestros neomarxistas podemitas, las obras de Ernesto Laclau, tanto la de 1987, “Hegemonía y Estrategia Socialista”, como la de 2005, su obra más emblemática, “La Razón Populista”. En resumen, Laclau sostiene que la supremacía de la izquierda requiere el establecimiento de una nueva hegemonía, que aspira alcanzar mediante una lógica política que exige diferencia los conceptos y recurrir constantemente al engaño. Ante el agotamiento del proletariado como protagonista de la revolución señala la necesidad del fomento de nuevos movimientos y minorías con inmenso potencial revolucionario: Feminismos, ecologismos, minorías étnicas y sexuales, etc., afirmando que sus reivindicaciones deben ser rearticuladas como relaciones de opresión de las que pueden surgir antagonismos. Considera, De Prada, que según Laclau, “hay que alagar a feministas, homosexuales, ecologistas o musulmanes, y al mismo tiempo, alimentar su odio y resentimiento (el antagonismo), para alcanzar el poder, azuzando sus insaciables reivindicaciones”.

Recalcando este odio en esta época insegura y llena de incertidumbre, Olegario González de Cardedal, uno de los pocos, a mi entender, que piensan públicamente, en un artículo titulado “Los Días del Odio”, después de señalar los grandes progresos de los últimos años, indica que junto a conquistas y valores existen aspectos negativos del actual conciencia española: “El signo más grave que veo yo en nuestra convivencia civil diría que es la aparición del odio en palabras y acciones, odio a personas, a grupos y a las instituciones que las representan. Un odio que comienza con la distancia agresiva, el insulto y el desprecio de la opinión del otro y el rechazo inicial de su propuesta. Del reconocimiento del otro en su diferencia, se ha pasado a la sospecha contra él, a la palabra despreciadora, te perdona la vida a la vez que con una sonrisa irónica, de entrada, descalifica por arcaicas su política, su moral y su religión, exigiendo reconocer, como única, digna y válida la propia. Se intenta recomenzar la historia como Adán en el Paraíso, dar por supuesto un cambio total, proponiendo no una reforma de pequeñas cosas, si no, una revolución que traería el bienestar, la justicia, la felicidad. Ese odio lleva consigo rencor y resentimiento, malquerencia y humillación. Su desembocadura consciente o inconsciente en quien lo ejerce es la voluntad de eliminación del otro. Frente a la voluntad de verdad y concordia en la diversidad aparece la voluntad del poder excluyente, desde la que se construye una nueva verdad y se juzga al prójimo”.

Toda esta situación está dentro de un proceso por la lucha hegemónica universal, tema trascendental al que no ha lugar en este momento, pero que, en cierta forma, sostiene el profesor Fueyo al determinar que: “De lo que se trata es si el mundo de hoy, la época de las revoluciones continentales, en la que más de las dos terceras partes de la humanidad avanzan, impetuosamente, desde las hambres teotécnicas hacia los estilos de la técnica y el confort europeo, va a ser dirigido hasta su destino por la idea eterna del hombre o por las planificaciones materialistas. (Fueyo, 1962; 230). Esperemos, con esperanza cristiana, que el mal no triunfe sobre las eternas verdades de la Civilización.

Bibliografía

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Lersch, Ph. (1962); “La Estructura de la Personalidad”; Scientia, Barcelona

Marañón, G. (1959); “Tiberio. Historia de un Resentimiento”;  Espasa Calpe,

                                    Madrid.






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